Título: Adiós

Autor:Luis de la Barreda Solórzano

Fuente: Página electrónica Etcétera

Género: Artículo

Medio: Prensa

Luis de la Barreda Solórzano

En noviembre de 2001 me incorporé al equipo de editorialistas de La Crónica de hoy. Desde entonces ha aparecido mi columna semanalmente sin que las fiestas de fin de año, las vacaciones, los problemas personales, la falta de inspiración para llenar las páginas en blanco, los viajes de trabajo o de descanso, o cualesquiera otros motivos me hayan hecho faltar jamás a una sola de mis citas con los lectores.

Lo he disfrutado muchísimo y, por los correos recibidos, sé que muchos de quienes han seguido mis textos también. No todo ha sido miel sobre hojuelas: no sólo me han llegado comentarios amables, solidarios o elogiosos, sino también observaciones críticas, juicios adversos y hasta expresiones de abierta antipatía o de odio no disimulado. Como quiera que sea, quien se tomó algunos valiosísimos minutos de su día para escribirme me hizo saber que mis líneas no le fueron indiferentes, que le hicieron disfrutar, pensar, reflexionar, ratificar o rectificar puntos de vista, incomodarse, molestarse o enfurecerse.

Las notas escritas en un periódico no cambian la realidad que nos tocó vivir: la describen, la analizan, la lamentan o la celebran, formulan sugerencias para modificarla, pero la dejan intacta. Quizá logren a veces, por ejemplo, orientar el sentido de un sufragio, o tal vez llamar la atención de alguna autoridad sobre un problema de su competencia, y entonces sí, influir con un granito de arena en el devenir de los hechos, pero hasta ahí.

En general no cumplen otro cometido que el de servir de vínculo de comunicación entre el autor y su público. Quienes escribimos no lo ignoramos. Y, sin embargo, he escrito mis apuntamientos como si cada línea, cada frase, cada palabra tuviera la posibilidad de crear mundos, destruirlos o transformarlos.

Creo que en esa actitud la vanidad juega un papel central. Y el placer: si uno tiene vocación por escribir, se disfruta haciéndolo bien, quedando satisfecho con lo que se ve impreso en la página. Seleccionar un adjetivo, elegir un sustantivo, optar entre un verbo u otro, decidir entre dejar o suprimir cierta expresión, son goces exquisitos.

Nunca dudé que tendría seguidores fieles de mi espacio. Sé que el único terreno —bueno, no seré tan modesto: casi el único— en el que puedo seducir es el de las letras, pero estar consciente de eso no atenuaba el regusto de encontrarme los viernes, al abrir mi correo electrónico, los mensajes de quienes querían decirme algo sobre lo que había escrito. A todos se los agradezco con el corazón. ¡Ah, no hay escritor, periodista, cantante, pintor, escultor, músico o actor que no suspire por la caricia del aplauso, o, en su defecto, por la constatación de que lo que hace no pasa desapercibido para todos! (Aunque confieso que muchas veces, al pergeñar mis líneas, sólo tenía en mente el momento en que tú, amada mía, abrieras el diario y llegaras al sitio donde encontrarías mi texto; sólo pensaba en qué ibas a pensar, qué ibas a sentir, qué expresión tendrías en la cara al leerme).

Me resulta muy grato ejercer un oficio en el que se pone todo el empeño en ocuparse de lo irremisiblemente fugaz, en la urgencia del día, en el asunto que el día que se publica parece lo más trascendente y al siguiente día ya no es noticia. Acierta Charles Péguy: “No hay nada más viejo que el periódico de ayer y Homero siempre es joven”. Así es el periodismo, y es fascinante porque así es también, en su inevitable fugacidad, la vida misma. En La Celestina, Fernando de Rojas advirtió: “Cada día vemos novedades y las oímos y las pasamos y las dejamos atrás. Disminúyelas el tiempo, hácelas contingibles. ¿Qué tanto te maravillarías si dijesen: la tierra tembló, u otra semejante cosa, que no te olvidases luego?... ¿Qué me dirás sino que a tres días pasados, o a la segunda visita, no hay quien de algo se maraville? Todo es así, todo pasa de esta manera, todo se olvida, todo queda atrás”.

Traté de compartir con ustedes, lectores, mi visión de algunas cosas. Nunca me sentí dueño de ningún por qué ni de ningún porque. Quise plantear aquí temas que me apasionan para intentar acercarme a las explicaciones que tanteaba en la mínima zona de luz de mi linterna intelectual. Quise decir, a quienes quisieran escucharlas o leerlas, algunas de mis inquietudes, de mis obsesiones, de mis desazones, de mis entusiasmos, tratando de eludir siempre todo asomo de pedantería, buscando en cada ocasión la complicidad inteligente y crítica, nunca incondicional, de los interesados, como en esas pláticas de amigos en las que se compone o se descompone el mundo mientras se va bajando sabrosamente el nivel de la botella de vino.

Me enorgulleció siempre formar parte del equipo de Pablo Hiriart. Me enorgulleció constatar que muchos de los abusos de los gobiernos perredistas, que muchos otros medios de comunicación soslayaban quizá por creerse inconscientemente que ahora sí estaban gobernando los justos y los puros, fueron señalados aquí por primera vez o, en ocasiones, solamente aquí. Me conmovió que el primer medio que se atrevió a romper con la corrección política para denunciar las tropelías del fiscal para movimientos sociales y políticos del pasado, fue La Crónica de hoy, con aquellos textos irrefutables, valientes, honestos, de mi admirado Raúl Trejo Delarbre. Después los demás diarios, revistas y noticiarios se atrevieron —el fiscal tuvo un final ignominioso—, pero sólo después, tal como los súbditos del emperador que iba desnudo, que sólo se animaron a decirlo una vez que un niño lo advirtió jocosamente. Siempre me sentí contento de estar aquí.

Fue Pablo Hiriart quien me invitó a escribir en La Crónica de hoy. Su salida es un buen momento para salir también. Desde luego, deseo la mejor de las suertes a Guillermo Ortega, el nuevo director. Decir adiós siempre nos empobrece porque se lleva algo de nuestro ser. Pero la vida está llena de adioses.

Periodista.

COMENTARIO:

El periodista, Luis de la Barreda Solórzano, le da las gracias a todos sus lectores y también a los lectores que se tomaron el tiempo para hacer sus comentarios distintos a su punto de vista, criticas y hasta mensajes con "mal de ojo", y asegura que gracias a ellos, sus articulos siguen publicandose, y haciendo que la gente vea la vida con un filtro, con el que pueden verla rosa o gris, verla alegre o verla amarga, verla bien o verla mal.
Hace admiracion a Raúl Trejo Delarbre.
Se despide de Pablo Hiriart, expresándo que su ex-director fué quien le invitó a escribir para La Crónica, y deseandole buena suerte a Guillermo Ortega, su nuevo director.